Una foto perfecta
El aplomo de los árboles
Agradezco la intuición de los perros
que distinguen
a los amigos de los enemigos
y nos defienden
cuando hace falta.
Agradezco la intuición de los gatos
que saben medir la distancia exacta
entre la dependencia y el afecto.
(Grito de guerra, Tamara Grosso)
Releo este poema y agradezco, también, tantas otras intuiciones.
*
Cumplí años y pasaron muchas cosas. Observé mi vida como solo se hace en los aniversarios de nacimiento, la noche del treinta y uno de diciembre, la mañana del primero de enero o en la cama de un hospital. Tal vez también después de alguna ruptura amorosa, dependiendo de cuál sea tu ascendente.
Escribí algunas cosas, ninguna que considere pertinente compartir. No tengo grandes conclusiones ni una foto perfecta de cumpleaños. Tengo, más bien, algunas confirmaciones dolorosas, la certeza de que donde estoy me gusta y la sospecha de que necesito dar un par de saltos cuyo aterrizaje en tierra firme nadie puede garantizar.
Pero todo esto te lo cuento mejor otro día. Hoy puedo hablarte de cosas más terrenales.
*
Voy a un bar sola, viajo en colectivo, espero en salas de médicos que dan un poco de miedo, voy a primeras citas por si son un fiasco, a días al aire libre por si me canso de mirar las montañas y necesito, por un rato, mirar para adentro. Voy todo el tiempo con un libro en el bolso.
Son un refugio. Uno amplio y luminoso, calentito y con olor a tostadas y café. Uno que también sabe ser peligroso. Puedo estar saltando de un avión, llorando en un bar o cantando a gritos en un karaoke: siempre lo tengo cerca.
Tengo libros de apoya vasos, libros de adorno, libros en un mueble y en otro, como si así ningún rincón de la casa quedara desamparado. Están los que me regalaron, los que compré de viaje, los de mi librería preferida de Buenos Aires, los que me prestaron y no devolví, los que heredé, los que no sé de dónde salieron. Libros que todavía no leí, que abandoné despiadadamente, que retomé y amé, o volví a dejar —en los libros como en la vida: cuando no es, no es—, que leí una o cuatro veces, que subrayé con la ilusión de volver.
Los libros son un territorio y acontece en ellos lo que en cualquier geografía: amores, guerras, intercambios y promesas.
También me gusta leer de a dos o tres a la vez. No porque sea una lectora voraz —leo lento, muy lento— sino porque me gusta no decidir del todo. Mezclar ficción, ensayo y poesía. No quiero renunciar a esa intuición, aunque el orden tenga sus virtudes.
Esto te lo cuento porque me gusta hablar de libros y porque hace poco se celebró su día.
A veces escribo este newsletter en los sueños. O en ese limbo que es estar un poco despierta y un poco dormida, en el límite con la alucinación, que sucede temprano a la mañana o tarde en la noche. Miro al techo y escribo el primer párrafo con cada detalle: las comas, los puntos. Lo escribo con la imaginación de manera tan pormenorizada que llego a verlo, retrocedo y cambio palabras. A veces llego a escribirlo y otras, como hoy, se evapora antes de que pueda tipearlo o hacer garabatos en mi cuaderno. Este newsletter, entonces, tal vez no es el que debió haber sido porque ese quedó atrapado en los sueños, o tal vez sea la versión necesaria.
Estas semanas llovió y salió el sol. Miro por la ventana y de inmediato me doy cuenta de algo evidente: al árbol de mi jardín todavía no le llegó el otoño. Me pregunto si se resiste o si ni se enteró. ¿Pueden los árboles resistirse a los ciclos?¿Qué consecuencias paga un árbol por su rebeldía?
Lo observo a la mañana con sus hojas aún verdes, contrapuestas a lo que las rodea: enredaderas y arbustos amarillentos, rojizos, algunos incluso ya marrones.
El árbol esquiva el otoño. Tal vez no se sienta preparado para dejar ir sus hojas. Las nutre obstinado, las retiene en sus ramas. Me pregunto si cuando mira a su alrededor se sabe demorado.
Todo el jardín está sacudido por el otoño mientras el árbol rebelde se deja mecer por el viento, negocia algunas pocas hojas, las libera, existe con el aplomo que es dominio de los árboles y de ninguna otra especie en esta tierra — aunque quizá también de los dinosaurios—.
¿Es desobediente? Sospecho que solo está haciendo lo que sabe hacer. Al fin y al cabo el otoño es inexorable.
Hasta la próxima semana 🔥



Perfecta o no, lo que importa es que lo sea para ti, así como los territorios de esos libros. Esas cartografías a las que abandonas y luego vuelves , o utilizas para apoyar una taza, un vaso, o dejas atravesar por un sueño. Suelo leer también, cinco o seis libros a la vez. Unos me llevan a otros y así voy abriendo y cerrando narrativas que me diriguen hacia otras. Spinetta tiene un precioso y un poco olvidado disco títulado "Los árboles", quizás lo has escuchado, tal vez no. Sí lo haces podras en su música encontrar ese aplomo y otras voces también. Hasta el jueves.
Leyendo, sentado en un sofá dentro del Festival Literario Tiradentes aquí en Brasil! Increíble!