The eyes, chico
Aplaudir cuando aterriza el avión
“Ser infinitamente respetuosos hacia el misterio del otro”, Marina Van Zuylen, Elogio de las virtudes minúsculas.
Me gusta mucho aterrizar en Buenos Aires. Me da lo mismo si la gente aplaude o no. Por lo general, me da alegría cualquier expresión colectiva de entusiasmo, creo que son un síntoma de buena salud.
Estuve trece horas suspendida en el aire y, como siempre, me tocó ir en el asiento del medio –una prueba de resistencia física y psicológica–. Vi muchas películas, la mayoría sobre la Segunda Guerra Mundial incluida la biopic de Simone Veil. Devoré con afán lo que me sirvieron de comer, intenté leer el libro que arrastré por los países nórdicos y logré dormir un par de horas.
Me reciben treinta grados de temperatura, humedad, calles llenas de basura, la ciudad espectacular, Carla con un vino blanco frío y mi gata feliz con mi regreso. Abro la puerta, pongo el lavarropas a andar, me meto a la ducha, le aviso a mis padres que llegué, a un par de amigos también.
Salgo al balcón y hay telas de araña, el árbol de siempre lleno de hojas verdes en este momento del año, olor a cigarrillo que llega de un balcón cercano, un cielo claro que se va oscureciendo. Estoy contenta de estar en casa.
*
The eyes chico, they never lie (“Los ojos, chico. Nunca mienten”).
La frase es de Tony Montana en la película Scarface.
La cosa más obvia del mundo, pero ya lo explicó Mc Luhan, el medio es el mensaje, y entonces no es lo mismo un posteo de Instagram con anhelos de gurú diseñado en Canva, que un chico malo dándote lecciones de vida en spanglish mientras maneja un descapotable. El segundo es inolvidable.
Mentiría si digo que me acuerdo de tus ojos la última vez que te vi. Sí me acuerdo, en cambio, de tu mirada en esa foto que saqué en un callejón y nunca compartí, el momento en el que empecé a sospechar que algo estaba pasando.
La última vez que te vi fue en Roma. Fuimos a tomar un café –yo tomé una cerveza, vos no quisiste– y hablamos un buen rato. No mencionamos el pasado, pero siempre estuvo ahí. Vos tenías que ir a algún lado después pero, sobre todo, tenías miedo de lo que yo podría decirte. Por mi parte no tenía planeadas grandes declaraciones: cuando alguien se va, se va.
¿Habrá sido esa nuestra última vez?
A veces tengo la sensación de que vamos a volver a vernos dentro de muchos años. Es como un juego que se despliega en mi cabeza cuando estoy aburrida, no incluye ilusiones ni sensaciones extremas. Es un ejercicio semántico, imaginarnos tomando un café en veinte años.
Habrán pasado cosas, muchas cosas, de esas permanentes como los tatuajes, los hijos o las secuelas de los trabajos que se vuelven pesados. Habremos andado caminos muy distintos y tal vez nos encontremos en Lima, en Madrid o en Hong Kong y hablemos de esa vez cuando nos pasaron cosas pero al final no funcionó.
Reiríamos, también habría silencios. Recordaríamos esos meses, esa caminata al lado del canal, la pelea y el adiós que sucedió mil veces porque al final nunca nos íbamos. Y habremos hecho cosas para toda la vida pero aún así nos reconoceríamos el uno en el otro porque the eyes, chico…
O no volveremos a vernos nunca. Y eso estaría bien también. Cerrar puertas es otra forma de placer (una que tardé demasiado en saber apreciar).
Si supiéramos cuándo es la última vez ¿haríamos algo distinto?
Yo supe cuando fue la última vez que vi a mi abuela. Me despedí de ella en la cama de un hospital, pude darle un beso y agradecerle; decirle que la quería tanto. Fue un momento de aceptación, y supimos las dos que en ese plano estábamos protagonizando una última vez poderosa: abuela y nieta.
Otras veces no tuve esa certeza. No supe –no podía saber– que estaba protagonizando una última vez. De vez en cuando me carcome la amargura, porque la memoria es borrosa y no puedo evitar pensar que, de haberlo sabido, habría dicho otras cosas, grabado los detalles de sus movimientos mínimos, sus gestos, para no olvidarlos nunca.
Algunas últimas veces, en cambio, parecen suspendidas. Son últimas por ahora, porque la vida es larga, o eso dicen.
Puede que volvamos a cruzarnos en la fila del supermercado, en una app de citas del año 2035, en un asado multitudinario, en una esquina que todavía no existe o en los sueños, ahí donde podemos jugar a elegir otros caminos, como en el Rayuela de Cortázar, cualquier charla de madrugada con amigos o un viaje largo en colectivo mirando por la ventana.
O no volveremos a vernos nunca. Y eso también estaría bien.
Hasta el próximo jueves 🔥



terminar de leerte, con los ojos llorosos, ya es costumbre de mis jueves de un fuego; gracias por permitirme recordar viejos tiempos, en cada una de tus entregas 🙌🏻
Qué hermosura.♥