Sábado de verano
Palo santo y una novela erótica
Y cuando todo el mundo se iba
y nos quedábamos los dos
entre vasos vacíos y ceniceros sucios,
qué hermoso era saber que estabas
ahí como un remanso,
sola conmigo al borde de la noche,
y que durabas, eras más que el tiempo (...)Después de las fiestas, Julio Cortázar.
*
Camino hasta el puesto de flores que queda cerca de casa. Hacen 32 grados en Buenos Aires y todo el mundo se queja y prende el aire acondicionado a temperaturas que no existen siquiera en la Antártida. A mí no me molestan hoy ni el calor ni la humedad, y salgo a pasear para disfrutar de la calle desierta.
Una señora vestida con una remera negra con lunares blancos está sentada entre ramos de flores y plantas en macetas pequeñas de plástico, negras y marrones. Las hay grandes y chicas, frondosas y discretas, colgantes. La señora tiene prendido un palo santo cuyo humo espeso no consigue disiparse del todo en el aire húmedo; la calle está en silencio y el calor exacerba los olores, los agradables y los otros –que son la mayoría–.
Mientras observo los ramos y decido cuál quiero llevar a casa, presto atención a lo que escucha en su celular, a todo volumen. Parece entretenerla. Mientras me saluda y me dice que buenastardesmiresinproblemamellamoLeonorcualquierpreguntameavisa, deja los ojos clavados en la pantalla de su teléfono, absorta en lo que sea que está mirando. Mientras sigo evaluando mis opciones – flores blancas, ramos coloridos, aromáticas– escucho, incesante, el ruido de fondo. Después de unos segundos comienzo a identificar palabras, luego oraciones: es una novela erótica.
El soponcio de este barrio coqueto y lleno de fanáticos de la creatina encuentra batalla en el puestito de Leonor. Enfrentada con una tarde laboral sofocante, decide plantar bandera erótica de la mano del duque de no sé dónde que acaricia vehementemente a una princesa sedienta de roce. El lenguaje es explícito pero también antiguo, innecesariamente solemne; calentura de la Real Academia Española.
El deseo es indómito, se cuela en los sueños, el arte, el bloc de notas del celular o los parlantes de un Samsung Galaxy A06.
Muy a mi pesar interrumpo la novela para preguntar precios y Leonor emerge de entre plantas, abandonando su silla de plástico blanca –ahora marca registrada de Benito–, para comentarme algunas promociones. Es alegre y amable, no se inmuta por el relato cachondo que aúlla en el parlante de su celular. Elijo un ramo que me convence y en cámara lenta lo lleva a la mesita en donde estuvo sentada hasta hace unos minutos.
Me prepara el ramo con entusiasmo. De repente frena, lo mira: ‘Le falta una rosa blanca’, y con movimientos minuciosos agrega una flor y observa, satisfecha, su diseño. Le agradezco la amabilidad y le cuento que mañana llega gente a casa y quiero darles la bienvenida. Ella asiente y sonríe, como si supiera el nombre de mi invitada, nuestra historia y un par de secretos. Conversamos sobre cosas pequeñas resucitando años de tradición barrial. El resto de la ciudad duerme la siesta o se mata a bocinazos, esta cuadra, de repente, es un Edén.
Nos despedimos y me alejo, despacio, del puesto de flores, del sultán y la princesa, de la calentura por Youtube un sábado de febrero. Tengo la sensación de que gente me mira y se pregunta si recibí las flores o si voy a regalarlas. Un ramo nunca pasa desapercibido.
Llego a casa satisfecha. Busco un florero, lo lleno de agua y acomodo las flores dejando la rosa blanca hacia afuera, como si necesitara aire o reclamara la atención de las visitas. De todas formas, al igual que sucede con casi todas las cosas, jamás adivinarán su historia.
Hasta el próximo jueves 🔥



Un ramo nunca pasa desapercibo...Me encanta!
Una historia cotidiana, sacada de una novela... Precioso relato.