Fanática
La camiseta que heredé.
“Hay quienes sostienen que el fútbol no tiene nada que ver con la vida del hombre, con sus cosas más esenciales. Desconozco cuánto sabe esa gente de la vida. Pero de algo estoy seguro: no sabe nada de fútbol”
- Eduardo Sacheri
Hace algunos días, en uno de esos check-ins que hacemos en reuniones virtuales para disimular la rareza de la nueva normalidad, me preguntaron cómo era mi relación con el fútbol. Si me gustaba. Si no tanto. De qué cuadro era.
Ser argentina implica que esta pregunta aparezca más seguido de lo que imaginaría. Las respuestas fueron diversas: fanáticos que organizan su calendario en función del fixture y van a la cancha cada domingo; los que solo se activan cada cuatro años cuando llega el Mundial; quienes ensayan una crítica social al deporte más popular del planeta; y los que se declaran incompetentes, casi con orgullo.
Pensé en mi historia con el fútbol.
Las mujeres de mi familia no son futboleras. Mi papá es de Racing. Mi abuelo era de Boca. Y en una especie de pulseada silenciosa cuyo origen desconozco, fue mi abuelo quien ganó el derecho de legarnos el cuadro a mí y a mis hermanos. No mi padre.
Mi abuelo era un bostero exagerado. Como tantos otros argentinos, su humor dependía del resultado del domingo y, después de cada partido, la familia entera temía por su salud. Iba a la cancha seguido y me prometía, vehemente y entusiasmado, que un día me llevaría con él –nunca llegamos a cumplirlo–.
Su fanatismo tomó la forma de una pedagogía minuciosa. Siendo yo una niña que jamás había tocado una pelota o visto un partido de fútbol completo, era la propietaria de una extensa colección de reliquias: camiseta original, bufandas, peluches, un dije enchapado en oro, un libro tapa dura con la historia completa del club y una dedicatoria escrita de puño y letra por algún jugador famosísimo y goleador.
Con los años me apropié de esa identidad sin hacer demasiadas preguntas. Discutí con algún “gallina” repitiendo argumentos que no comprendía del todo, solo porque intuía que eso era lo que correspondía hacer. Memorizar nombres. Defender colores. Elegir un jugador favorito y enamorarme de él durante una temporada. Mis esfuerzos eran tibios, pero sostenidos.
En confianza puedo confesárselo: el fútbol no me interpela. Miro religiosamente todos los partidos del mundial – los propios y los ajenos– porque me gusta casi cualquier evento que reúna culturas distintas, y porque todo lo que genere entusiasmo colectivo me convoca. No conozco el nombre de ningún jugador que no salga en los programas de espectáculos ni me importa el resultado de ningún campeonato, con excepción de la Copa del Mundo.
Alguna vez me enamoré de un fanático de La Academia y, desde entonces, simpatizo con Racing. Como el Zelig, adopto las pasiones de las personas que quiero. Me pongo su camiseta sin pedir demasiadas explicaciones, un pecado capital en los manuales del buen hincha. No conozco a nadie de Defensa y Justicia o Deportivo Riestra, pero si mañana una amiga se hiciera fanática de alguno de estos equipos, podría hacerle un espacio en mi agenda de lealtades.
Toda la vida dije ser Xeneize –apodo para los hinchas de este club– . Y si me obligaran a marcar un casillero en un formulario, marcaría ese.
Pero quienes sepan interpretar las subtramas del afecto sabrán bien que nunca fui fanática de Boca. Fui —y sigo siendo— fanática de mi abuelo.
Hasta la próxima semana 🔥
P.D: El video de un abrazo abuelo-nieto cortesía de Nacho.



aguante boca, tu abuelo y vos 💙💛💙
😍😍😍😍😍